viernes, 22 de mayo de 2009

Tierra Santa

Sobre el Paraíso Maldito


Tierra Santa. Ese lugar que despierta temor y devoción en los monoteístas. Ese lugar objeto de grandes peregrinajes y obras de fe. Hogar de profetas, de clérigos y de humildes seguidores de alguna u otra creencia.

Carreteras adoquinas con los huesos de miles de inocentes llevan hasta la gran casa del Señor. Bajo el brillo carmesí del amanecer los rezos de los fieles se alzan sobre el polvo que deja el viento del desierto.

Baal, Yahved, Allah… El Todopoderoso, el Señor, Dios. Se han vertido mareas de sangre en su nombre, allí, en dónde se alzan los minaretes, allí, en dónde se alzaba la estrella de David, allí, en dónde se alzaban los escalones hasta altares manchados en pos de la gloria y la victoria.

Las banderas cruzadas hondearon sobre innumerables pilas de cadáveres. El símbolo del sacrificio de un hombre, un hombre convertido en ídolo y razón. ¿Qué había sino de camino a Jerusalén un corrillo de los enemigos del César? Clavados en cruces, como muestra del poder de quien les gobernaba y sometía.

Un pueblo se alzó, empujados por las voces de profetas hijos de Dios. Guerrearon. No ganaron, y fueron muchos más los cuerpos que dieron de comer a los cuervos a las puertas de Jericó.

Sirios, Babilonios, Egipcios, Persas, Macedonios, Romanos, Sarracenos, Templarios, Otomanos e Israelís… todos ellos reclamaron la costa oriental del Mediterráneo, todos ellos vertieron su sangre a cambio de verter la de otros, todos ellos, empujados por ambiciones, ansias y deseos viscerales sacudieron las arenas bajo el peso de infinitos pies. Todos ellos fueron los amos del Reino de los Cielos. Las fauces del mismísimo infierno.

Un infierno sobre la tierra. Un lugar en dónde la carne quemada aún humea por las calles. Un lugar en dónde llantos de madres y niños se mezclan con gritos atragantados en sangre. Ningún hombre puede coronarse rey de Tierra Santa, pues allí sólo reinan el odio y la locura.

Bajo la mirada de los sacerdotes y la de altos ejecutivos, bajo el mando de emperadores y presidentes. Todos se regocijarán víctimas de la tentación, ellos mismos se arrancarán los ojos cuando pisen ese suelo marchito y maldito, para luchar, hasta el último de ellos, por ser el pueblo elegido.


Por J.Krabiel